Discípulos misioneros en salida: una propuesta de renovación espiritual y pastoral para la formación de laicos hoy

Resumen

La Iglesia latinoamericana vive un momento decisivo en la comprensión y vivencia del discipulado misionero. Desde Medellín hasta la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, pasando por Puebla, Santo Domingo y especialmente Aparecida, el Magisterio latinoamericano ha madurado una comprensión profunda del seguimiento de Jesús como camino de encuentro, conversión, discipulado, comunión y misión. En el contexto actual —marcado por secularización, desigualdad, fragmentación social y una urgente necesidad de sentido— surge la necesidad de elaborar procesos formativos integrales para que los fieles laicos respondan a estos desafíos. Este artículo ofrece un análisis teológico-pastoral de la lógica del discipulado misionero y plantea una propuesta de renovación para la formación laical, en continuidad con Aparecida, Evangelii Gaudium y el documento Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias elaborado tras la Primera Asamblea Eclesial del CELAM. Se argumenta que la Iglesia necesita itinerarios formativos espirituales, comunitarios y misioneros que acompañen a los laicos en un proceso dinámico de configuración con Cristo, crecimiento en comunión y compromiso con la misión.

Palabras clave: discipulado misionero, sinodalidad, formación laical, conversión pastoral, Magisterio latinoamericano.

  1. Introducción

En las últimas décadas, la Iglesia latinoamericana ha desarrollado un camino teológico y pastoral profundamente original en torno a la identidad y misión del discípulo. El documento de Aparecida (2007) se volvió un parteaguas al afirmar que la tarea fundamental de la Iglesia en América Latina consiste en “promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo.” (DA 14). Esta afirmación sintetiza un largo proceso eclesial que, desde el Vaticano II, ha buscado renovar la vida cristiana en clave de conversión, participación y compromiso misionero.

Al mismo tiempo, el Magisterio del papa Francisco ha insistido en que la Iglesia está llamada a vivir “una conversión pastoral y misionera” (Francisco, 2013, EG 25), que la lleve a ser una “Iglesia en salida” que evangeliza desde la misericordia, la cercanía y la escucha del Espíritu. La reciente Primera Asamblea Eclesial del CELAM (2021), a través del documento Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias (CELAM, 2022), profundiza esta intuición, afirmando que la Iglesia latinoamericana necesita procesos formativos integrales que preparen al Pueblo de Dios para vivir la sinodalidad como estilo permanente de misión, discernimiento y comunión.

En este contexto, se hace necesario repensar cómo formar hoy a los fieles laicos para que puedan asumir su vocación bautismal como auténticos discípulos misioneros. El presente artículo propone una reflexión teológico-pastoral que articula el fundamento bíblico del discipulado, las aportaciones del Magisterio latinoamericano y las exigencias formativas del contexto actual, para finalmente sugerir un itinerario renovado de formación espiritual y misionera para laicos, coherente con una Iglesia sinodal y en salida.

  1. Fundamento bíblico del discipulado: seguir a Jesús como camino de transformación

El discipulado es, ante todo, un acontecimiento bíblico. No brota de estructuras eclesiales, sino de la iniciativa personal de Jesús, quien “llamó a los que Él quiso para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). Esta doble dinámica —estar con Jesús y ser enviados— constituye la esencia del discipulado cristiano.

Autores como Guijarro (2015) y Martínez Fresneda (2010) han mostrado que, en el contexto del judaísmo del siglo I, el discipulado se caracterizaba por un fuerte componente de imitación del maestro, de convivencia cotidiana, y de aprendizaje por práctica. Jesús retoma este modelo, pero le imprime un dinamismo particular: no busca simplemente transmitir una doctrina, sino formar un estilo de vida nuevo.

El llamado “Ven y sígueme” (Mc 1,16–18) no es una orden moral, sino una invitación existencial. Jesús invita a entrar en una relación personal, transformadora, que reconfigura la vida desde dentro (Cfr. Corpas de Posada, 2009). La respuesta de los discípulos muestra que seguir a Jesús implica dejar seguridades (Mc 1,18), romper con estructuras sociales rígidas (Mt 9,9), sanar heridas interiores (Jn 21,15–19), y abrirse a nuevas formas de comunión (Lc 8,1–3).

El Nuevo Testamento presenta el discipulado como un proceso gradual y comunitario:

  1. Llamado inicial (Jn 1,35-39)
  2. Conversión del corazón (Mc 8,27-33)
  3. Seguimiento cotidiano (Lc 9,23)
  4. Configuración con Cristo (Flp 2,5-11)
  5. Misión universal (Mt 28,19-20)

Este itinerario constituye el fundamento de todo proceso formativo cristiano. Cualquier propuesta pastoral debe integrar estas dimensiones de encuentro, conversión, seguimiento y misión.

  1. El discipulado en la tradición latinoamericana: un camino pastoral en desarrollo

La teología latinoamericana ha puesto un acento singular en el discipulado como categoría integradora de la identidad cristiana. Desde Medellín (1968), que subrayó la opción por los pobres como condición del seguimiento de Jesús, hasta Santo Domingo (1992), que impulsó la “nueva evangelización”, la Iglesia latinoamericana ha buscado volver a la raíz evangélica del discipulado.

Sin embargo, es Aparecida (2007) quien articula de manera más clara una “espiritualidad del discipulado misionero.” El documento reconoce que el contexto secularizado, la globalización, las nuevas pobrezas y la fragmentación cultural exigen una formación profunda y sistemática, capaz de preparar cristianos con identidad sólida, espiritualidad encarnada y compromiso misionero (Cfr. DA 276-278).

Los estudios de José Luis Jaramillo (2008) muestran que el discipulado en Aparecida se entiende como un camino de espiritualidad, no sólo como un programa pastoral. Esta espiritualidad está marcada por cinco dimensiones:

  1. Encuentro personal con Cristo
  2. Conversión permanente
  3. Vida comunitaria
  4. Formación integral
  5. Misión evangelizadora

Aparecida no propone eventos, sino procesos. No programas rígidos, sino itinerarios espirituales. No actividades sueltas, sino acompañamiento y discernimiento. Este paradigma será retomado años más tarde por el papa Francisco al hablar de la Iglesia como “Comunidad de discípulos misioneros” (Cfr. EG 24).

  1. El magisterio del papa Francisco: la Iglesia en salida como marco del discipulado

El pontificado del papa Francisco ha profundizado el discipulado en clave de cercanía, misericordia y misión. En Evangelii Gaudium Francisco declara: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan.” (EG 24).

El llamado a la “Iglesia en salida” no es solo una categoría pastoral, sino una conversión espiritual. Exige pasar del miedo a la confianza; del cerrarnos en nosotros mismos a la disponibilidad; de la pastoral de conservación a la misión kerigmática; del clericalismo a la corresponsabilidad bautismal.

Francisco ha acuñado conceptos como “primerear”, “caminar juntos”, “cultura del encuentro”, “periferias existenciales” y “discernimiento pastoral”, que retoman elementos esenciales del discipulado. Según Francisco, el discípulo: escucha, se deja transformar, camina con otros, y anuncia con alegría.

La misión no nace del esfuerzo, sino del encuentro: “La alegría del Evangelio llena el corazón de quienes se encuentran con Jesús” (EG 1). Esta espiritualidad del encuentro es el núcleo de todo discipulado y de todo proceso formativo.

  1. La Primera Asamblea Eclesial y el desafío formativo de una Iglesia sinodal

La Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe (2021), presentada en el documento Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias (CELAM, 2022), se ha convertido en un hito para comprender el discipulado misionero en el horizonte actual. Supone una nueva fase en la recepción del Concilio Vaticano II y de Aparecida, marcada por la convicción de que la sinodalidad es el modo de ser Iglesia hoy. En este marco, la formación del laicado adquiere un papel determinante.

La Asamblea afirma desde sus primeras líneas que se trata de un “tiempo de gracia para aprender a caminar, escuchar y discernir juntos como Pueblo de Dios” (CELAM, 2022, pp. 11–12). Este énfasis en el caminar juntos revela un cambio de paradigma: la formación cristiana ya no puede centrarse solamente en la adquisición de conocimientos o en la preparación de agentes de pastoral aislados, sino que debe potenciar la capacidad de la comunidad eclesial para discernir, participar y colaborar en la misión evangelizadora.

Sinodalidad como horizonte formativo

El documento señala explícitamente que la sinodalidad no es un método, sino la forma histórica de vivir la comunión trinitaria implicada en la misión (CELAM, 2022, p. 19). Esta afirmación tiene profundas implicaciones para la formación laical: el aprendizaje de la sinodalidad exige cultivar una espiritualidad de escucha, diálogo, discernimiento comunitario y corresponsabilidad.

El clericalismo es identificado como un obstáculo fundamental que empobrece la misión de la Iglesia y limita la participación activa del laicado (CELAM, 2022, pp. 43–44). Como respuesta, se proponen espacios formativos que fomenten una “cultura eclesial marcadamente laical” (CELAM, 2022, p.110), en la cual mujeres, jóvenes y adultos puedan asumir un papel protagonista en la vida y misión de la Iglesia.

Formación integral del laico: prioridad pastoral

La Asamblea afirma que la formación integral del Pueblo de Dios es un desafío urgente, y que dicha formación debe estar centrada en el encuentro con Cristo; articularse en una espiritualidad comunitaria; impulsar la misión y la salida a las periferias; incorporar herramientas de discernimiento pastoral e integrar la escucha de la realidad, especialmente de los pobres.

Para la Asamblea es necesaria una formación integral para todo el Pueblo de Dios, que fortalezca su vocación bautismal y su participación corresponsable en la misión. (Cfr. CELAM, 2022, 74-76). El documento también subraya que esta formación debe ser continua, sistemática y articulada en procesos, no en actividades aisladas. Esta visión coincide profundamente con la intuición de que el discipulado no se improvisa, sino que se construye en un itinerario espiritual progresivo, acompañado y comunitario.

El contexto actual y la urgencia de nuevas formas de discipulado

La Asamblea sitúa la necesidad de formación en el contexto de los grandes desafíos contemporáneos: desigualdad, crisis ecológica, violencia, migración, fragmentación social, pérdida de sentido y nuevas pobrezas. Frente a esta realidad, afirma que el discípulo misionero debe ser formado para “que responda a la vocación recibida y comunique por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo” (CELAM, 2022, n.219).

Esta perspectiva exige una formación que no solo transmita doctrina, sino que despierte sensibilidad social, espiritualidad encarnada, conciencia crítica, capacidad de diálogo cultural y compromiso transformador. La misión ya no puede limitarse al anuncio verbal; debe expresarse en la construcción de fraternidad, justicia, inclusión y cuidado de la casa común.

La Asamblea Eclesial y la necesidad de procesos formativos estructurados

La Asamblea Eclesial subraya que la formación integral del Pueblo de Dios es una prioridad ineludible para la vida y misión de la Iglesia en América Latina y el Caribe. Esta urgencia formativa se fundamenta en la tradición conciliar y en todo el magisterio latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida), que han insistido de manera continua en el fortalecimiento del laicado, la formación de agentes pastorales y la educación en la fe como procesos permanentes.

La Asamblea (Cfr. CELAM, 2022, n.2273-286) organiza esta urgencia en cuatro grandes necesidades formativas:

  1. Formación integral para todo el Pueblo de Dios. Se requiere un proceso formativo amplio, integral y permanente, que abarque dimensiones teológicas, espirituales, humanas y sociales.

Necesidad clave: Un itinerario formativo progresivo y dinámico que fortalezca la identidad del discípulo misionero.

  1. Formación en la sinodalidad para superar el clericalismo. Es necesario formar en el estilo sinodal para que toda la Iglesia asuma una manera de ser marcada por la participación, la corresponsabilidad y el discernimiento comunitario.

Necesidad clave: Consolidar una cultura sinodal donde todos participen en la toma de decisiones y en la vida de la comunidad.

  1. Formación para el compromiso social desde la opción por los pobres. Inspirada en Medellín y Aparecida, la Asamblea urge a una formación que conduzca a: Ser una Iglesia samaritana y profética. Asumir la Doctrina Social de la Iglesia como base transversal en todas las pastorales. Promover la justicia, la fraternidad, la defensa de los derechos humanos y el cuidado de la creación; e impulsar la participación ciudadana y el compromiso público de los cristianos.

Necesidad clave: Formar discípulos misioneros que actúen en la sociedad desde la opción preferencial por los pobres y la ecología integral.

  1. Renovación formativa en Seminarios y Casas religiosas. La Asamblea señala la urgencia de: renovar profundamente los procesos de formación sacerdotal y consagrada y de formar pastores cercanos, humildes, capaces de acompañar procesos y de vivir una auténtica espiritualidad de servicio.

Necesidad clave: Nuevos modelos formativos que preparen ministros en salida, capaces de acompañar y de vivir la sinodalidad.

  1. Una propuesta teológico-pastoral de renovación: el itinerario discipular como proceso formativo

A la luz de la reflexión bíblica, del Magisterio latinoamericano y del diagnóstico pastoral actual, se propone un itinerario formativo que recoge las intuiciones de Aparecida, Evangelii Gaudium y la Asamblea Eclesial. No se trata de un programa cerrado, sino de un camino espiritual que pueda adaptarse a diversas comunidades parroquiales, movimientos y realidades eclesiales.

Este itinerario, desarrollado en clave progresiva, integra los elementos fundamentales del seguimiento de Jesús:

  1. Encuentro personal con Cristo
  2. Conversión permanente
  3. Vida de comunidad
  4. Acompañamiento y formación
  5. Misión evangelizadora
  6. Sinodalidad activa

Cada una de estas dimensiones constituye un pilar espiritual y pastoral indispensable.

Un proceso que inicia con el encuentro

Siguiendo a Aparecida, “no hay discipulado sin encuentro personal con Cristo” (Cfr. DA n. 243). La formación debe abrir espacio para la experiencia espiritual, la escucha de la Palabra, la oración y la interioridad. La nueva evangelización no se sustenta en técnicas, sino en “corazones encendidos por Cristo”.

Un camino de conversión permanente

El discipulado implica una transformación continua del corazón. La conversión pastoral y personal es un proceso que requiere: humildad, discernimiento, apertura al Espíritu, reconciliación, cambios concretos en el estilo de vida.

Comunión eclesial: crecer y caminar con otros

La Iglesia sinodal sólo puede formarse caminando juntos. El discipulado es comunitario por naturaleza. La formación laical debe cultivar: fraternidad, escucha, corresponsabilidad, participación activa, cuidado mutuo.

La comunidad no es un accesorio pedagógico; es el lugar teológico donde se forma el discípulo.

Acompañamiento personal como clave

El discipulado bíblico siempre fue acompañamiento: Jesús acompañaba, explicaba, curaba, enviaba. El papa Francisco insiste en la necesidad de una “revolución del acompañamiento” (EG 169–173). Por ello, el itinerario debe incluir: acompañamiento espiritual individual, acompañamiento comunitario y discernimiento pastoral.

La misión como estilo de vida

La meta del discipulado es la misión. El discípulo se convierte en misionero porque ha descubierto el tesoro del Evangelio y quiere compartirlo. La formación debe suscitar: celo apostólico, compromiso social, opción por los pobres, presencia en las periferias, creatividad misionera.

Sinodalidad como clave de interpretación

El itinerario discipular debe vivirse como proceso sinodal: caminar juntos, escuchar juntos, discernir juntos y decidir juntos. Esto supone una transformación cultural de la Iglesia, que deja atrás el clericalismo y se abre a la corresponsabilidad bautismal.

  1. Implicaciones para la formación laical en la Iglesia de hoy

A partir de todo lo anterior, la formación laical debe cumplir ciertas características fundamentales:

  • Integral- Debe abarcar la vida espiritual, doctrinal, humana, comunitaria y misionera.
  • Kerigmática- La formación debe conducir al encuentro personal con Cristo.
  • Sinodal- El laico debe aprender a discernir, escuchar y caminar con otros.
  • Misionera- El laico debe sentir la urgencia del anuncio del Evangelio.
  • Comunitaria- La formación debe realizarse en pequeñas comunidades, grupos o equipos.
  • Procesual- La formación debe vivirse como itinerario, no como actividades aisladas.
  • En salida- La fe se fortalece en la misión. Como dice Francisco, “la fe crece dándola” (EG 14).
  1. Un itinerario formativo y espiritual para el discipulado misionero hoy

La renovación del discipulado misionero no puede quedar únicamente en el plano conceptual. La teología pastoral latinoamericana ha insistido, especialmente desde Medellín hasta la Primera Asamblea Eclesial, en la urgencia de procesos y no solo de eventos. En coherencia con este llamado, múltiples experiencias eclesiales han comenzado a desarrollar itinerarios formativos que articulan lo espiritual, lo comunitario y lo misionero, siguiendo la pedagogía de Jesús: acompañar, discernir y enviar.

Entre estas propuestas emerge un camino que puede servir de referencia para comunidades y agentes pastorales que buscan dar pasos concretos hacia una formación integral. No se presenta como un manual cerrado, sino como un itinerario flexible que puede aplicarse en parroquias, movimientos, casas de formación y procesos de nueva evangelización.

Este itinerario integra varios elementos clave:

Una espiritualidad del encuentro.

La formación no comienza por conceptos, sino por experiencias personales de encuentro con Cristo. Este primer momento busca reavivar la conciencia de ser llamados por nombre, siguiendo la pedagogía de Aparecida: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por un encuentro” (DA 12).

Un proceso gradual y articulado.

El camino contempla diversas fases que corresponden a los dinamismos del discipulado: el llamado, el seguimiento, la conversión, la configuración con Cristo, la misión y la vida comunitaria. Cada etapa está unida a las anteriores y prepara la siguiente, evitando fragmentaciones o formaciones parciales.

Un enfoque profundamente bíblico.

La Palabra de Dios constituye el eje que ilumina cada paso. Desde el llamado a los primeros discípulos hasta los relatos de envío y misión, la Biblia se presenta no como texto decorativo, sino como fuente que modela el corazón del discípulo y abre horizontes al discernimiento comunitario.

Una formación que une interioridad y misión.

El itinerario propone momentos constantes de silencio, oración, examen personal y escucha del Espíritu. Pero evita el riesgo de una espiritualidad intimista al vincular cada experiencia interior con el compromiso misionero concreto: servicio, acompañamiento, vida comunitaria y salida hacia las periferias.

Una pedagogía de acompañamiento.

Inspirado en el estilo de Jesús y en la insistencia del Magisterio latinoamericano, el camino incorpora la figura del acompañante espiritual o pastoral. La formación no se vive aislada, sino dentro de relaciones que fortalecen la fe, sostienen en la fragilidad y ayudan a discernir la voz del Espíritu.

Una misión encarnada en la realidad.

El itinerario propone mirar con especial atención las periferias existenciales —pobreza, heridas afectivas, soledad, violencia, indiferencia religiosa, rupturas familiares— como lugares donde Cristo ya está presente y llama a ser luz. Esta dimensión responde directamente al llamado de Francisco a una Iglesia en salida (EG 20–24).

Una experiencia comunitaria y sinodal.

El proceso formativo está pensado para vivirse en comunidad, recuperando la dinámica del Pueblo de Dios que camina unido, comparte, discierne y se apoya. La sinodalidad, en este sentido, no es un capítulo más, sino el ambiente natural donde el discipulado se desarrolla.

Un horizonte de madurez misionera.

Todo el itinerario culmina en el envío. La meta no es la autorreferencialidad espiritual, sino una vida entregada, capaz de ser testigo, formador de otros discípulos, servidor de la comunidad y puente entre el Evangelio y las realidades humanas del siglo XXI.

Este tipo de camino formativo, profundamente inspirado en la tradición bíblica y en el Magisterio latinoamericano, constituye hoy una contribución necesaria y oportuna. La Iglesia en el continente vive un momento privilegiado para renovar la formación de sus laicos, y propuestas como esta pueden ayudar a construir comunidades maduras, orantes, solidarias y misioneras, capaces de responder a los desafíos actuales con creatividad pastoral, fidelidad evangélica y esperanza.

Conclusiones

El discipulado misionero se ha consolidado como la clave hermenéutica y pastoral más fecunda de la Iglesia latinoamericana en el siglo XXI. Desde Aparecida hasta la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, pasando por el magisterio del papa Francisco, los documentos eclesiales han insistido en la necesidad de redescubrir el seguimiento de Jesús como el centro de la identidad cristiana y como el camino para renovar la vida eclesial en clave de misión y sinodalidad.

La presente reflexión ha mostrado que esta comprensión del discipulado no es un adorno teológico ni un “tema” más dentro de la pastoral, sino un proceso vital que articula la totalidad de la existencia cristiana: encuentro personal con Cristo, conversión permanente, vida comunitaria, misión evangelizadora y discernimiento sinodal. El discipulado, entendido así, expresa la forma concreta en que la Iglesia vive su vocación bautismal y participa en la misión de Cristo.

Al mismo tiempo, se ha evidenciado que las transformaciones sociales, culturales y espirituales de América Latina -secularización creciente, fragmentación comunitaria, nuevas pobrezas, crisis ecológica, migración, violencia y pérdida de sentido- exigen una renovación profunda de los procesos de formación laical. No bastan ya actividades episódicas ni cursos aislados. Se requieren itinerarios formativos orgánicos, espirituales y comunitarios, capaces de suscitar en los laicos una fe madura, una espiritualidad encarnada y una disponibilidad misionera permanente.

En este horizonte, la Primera Asamblea Eclesial aporta una intuición decisiva: la sinodalidad no es solo un método, sino el modo de ser Iglesia. Formar discípulos hoy implica aprender a caminar juntos, discernir juntos y asumir juntos la misión. La superación del clericalismo, la corresponsabilidad bautismal, la escucha comunitaria y el discernimiento pastoral se vuelven dimensiones imprescindibles para cualquier camino de formación.

Finalmente, se ha esbozado un itinerario formativo y espiritual inspirado en la pedagogía de Jesús y en el Magisterio latinoamericano, que puede servir como base para procesos parroquiales y comunitarios. Este itinerario no pretende ser un programa rígido, sino un camino que integra encuentro, conversión, acompañamiento, comunidad, misión y sinodalidad; un camino que privilegia la interioridad, la escucha de la Palabra, la apertura al Espíritu, la solidaridad con los pobres y la salida misionera hacia las periferias humanas.

Este tipo de proceso ofrece hoy una respuesta pastoral pertinente y necesaria: ayuda a los laicos a asumir con mayor conciencia su identidad bautismal, fortalece la espiritualidad cristiana frente a la cultura contemporánea, renueva la vida comunitaria y dinamiza la misión evangelizadora. Además, encarna de manera concreta la “conversión pastoral” propuesta por Francisco, que invita a pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera, desde una Iglesia que “sale”, acompaña, discierne y sirve.

En síntesis, la renovación de la formación laical no es un proyecto opcional: es un imperativo evangelizador. La Iglesia latinoamericana será misionera en la medida en que sea discipular; será discipular en la medida en que sea comunitaria; y será comunitaria en la medida en que sea sinodal. Los itinerarios formativos que integren estas dimensiones constituyen, hoy más que nunca, una contribución decisiva para que el Pueblo de Dios en América Latina viva con autenticidad, alegría y esperanza la misión de anunciar a Jesucristo en medio de un mundo herido y necesitado de la luz del Evangelio.

Referencias

CELAM. (2007). Documento de Aparecida: V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Consejo Episcopal Latinoamericano.

CELAM. (2022). Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias: Reflexiones y propuestas pastorales a partir de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe. Consejo Episcopal Latinoamericano.

Corpas de Posada, I., & Pérez, S.J., G. J. (2019). El seguimiento de Jesús: contenido y exigencias. Theologica Xaveriana45. 323-341

Francisco. (2013). Evangelii gaudium: Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Librería Editrice Vaticana.

Guijarro, S. (2015). El camino del discípulo. Verbo Divino.

Jaramillo, J. L. (2008). Espiritualidad del discípulo misionero: 100 pistas del camino de Aparecida. Desclée de Brouwer.

Martínez Fresneda, M. (2008). Los discípulos. Cuariensia, Vol. III, 259–284.

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